La comunicación pasiva

En terapia a menudo me encuentro con personas que confunden la pasividad en la comunicación con la “buena educación”. Me refiero a situaciones en que decidimos callar cuando pensamos diferente a los demás con el objetivo de no herir y así mostrar nuestro “respeto”. En realidad, lo que no mostramos es nuestra opinión, ya que el hecho de tener una opinión distinta a los demás no es una falta de respeto. A menudo, el miedo que tienen las personas que se comunican pasivamente es el hecho de que si no se comunican como lo han hecho siempre (callando), se comunicarán de la forma opuesta, es decir, agresivamente. Desconocen cómo comunicarse expresando su opinión de una forma respetuosa, es decir, cómo comunicarse de una forma asertiva.

Para poder empezar a trabajar con la comunicación asertiva, primero tenemos que identificar cómo nos comunicamos. Con este objetivo, en terapia me gusta utilizar la historia de la Cobra amable. Te invito a leerla y a descubrir cómo te comunicas.

La cobra amable

En la India se explica una historia referente a una cobra, animal conocido por su agresividad. Parece ser que esta cobra era muy mala y como vivía cerca de un poblado no pasaba día sin morder a algún habitante del mismo. Cansados de tantas muertes los sufridos pobladores deciden buscar una solución definitiva al problema. Pero la astuta cobra sabía esconderse y no había manera de matarla. Así que los ancianos del pueblo se reunieron para encontrar otra solución.

Después de barajar varias alternativas y dado el profundo espíritu religioso de los hindús optan por una muy original: traer al pueblo un santón que habla con los animales y esperar que este convenza a la cobra. Y así lo hacen. Llega el santón y se pone a meditar en la entrada del pueblo allí donde merodea la cobra. Al poco tiempo sale la cobra. El hombre santo la convence con su fuerza interior. La cobra le pide a cambio que el pueblo se comprometa a su vez a no matarla. Así lo hacen. La cobra no matará a nadie y los habitantes del pueblo no la mataran.

Al poco tiempo, la cobra decide salir a comprobar si es cierto el compromiso. Y en efecto así es. Poco a poco, la cobra se aventura a tener mayor relación con los humanos llegando incluso a entrar en el pueblo y dormir en la casa de alguno de sus habitantes. La cobra y el pueblo se han hecho amigos.

Pasó el tiempo, y la cobra se convirtió en uno más del pueblo. Dicen que incluso cambió de aspecto. Se convirtió en una especie de gusano largo y blanco. Jugaba con los niños en las plazas y era amiga de todo el mundo. Pero poco a poco se fue olvidando el pasado y los niños la insultaban en sus juegos: gusano miedoso y tonto, le decían. La cobra harta de tanto insulto y de contener su agresividad por respeto al compromiso que hizo al santo, decidió volver a verlo y buscar una solución. Así que se presento en la choza donde este vivía y le dijo:

  •  No sirve de nada ser buena. Fíjate cómo me lo pagan.

Y el anciano santo le contestó:

  • Me parece que no acabaste de entenderme: yo te prohibí matar pero no te prohibí silbar.

En esta historia vemos como la cobra pasa de comunicarse agresivamente a comunicarse pasivamente. La cobra confunde ser buena con ser pasiva y se olvida que como cobra que es también puede silbar cuando sea necesario. Silbando la cobra expresa su opinión y se hace respetar. ¿Con qué cobra te identificas tu?

 

Anna Vives Navarro

Psicóloga y psicoterapeuta

 

 

 

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